domingo, 11 de noviembre de 2018

La satisfacción lingüística (II)



Por Ramón Torres


“Los verdaderos secretos abakuá están en la lengua”, nos dice un viejo iniciado en esa hermandad cubana. En cambio, la investigación del lenguaje abakuá enfrenta siempre un obstáculo no superado hasta el momento, debido a la diversidad de grupos que bajo la denominación de carabalíes arribaron a tierras cubanas bajo la ignominiosa trata esclavista.

Un alto jerarca abakuá le habla al íreme.
Se precisa, entonces, para despejar lagunas, el estudio separado y conjunto, a la vez que comparativo, de venideras y esclarecedoras investigaciones entre pueblos sur nigerianos-cameruneses y de Cuba, que diluciden los aportes de estos africanos a la Isla, así como las intromisiones y transformaciones en el proceso de cubanización del ñañiguismo.
En el Viejo Calabar prevaleció el efí sobre otras lenguas del área meridional del Río de la Cruz (Cross River). Contribuyó en ello el sistema de “casas-canoas” que devino importante centro de comercio de esclavos en la región. Dichas “casas” estaban constituidas por un dueño, la familia y cientos de esclavos que trabajaban como remeros y guerreros de grandes canoas para la obtención de otros esclavos, los cuales, usualmente, eran vendidos a los europeos una vez introducida la trata.
De tener en cuenta el predominio del efí y su sociedad ekpe en la región, nos explicaremos mejor por qué entre los ñáñigos predomina esta lengua, aunque subsisten incorporaciones de otros grupos vecinos como ekoi, iyo e ibbo, lenguas con peculiaridades diferenciadoras entre sí.
Para Pedro Dechamps el lenguaje abakuá era conocido “en sus inicios solamente por los integrantes de esta institución religioso-mutualista, este lenguaje ha llegado hasta nuestros días después de haber sufrido múltiples alteraciones que lo alejan cada vez de su punto de partida.
”Su lenguaje está basado principalmente en proverbios o sentencias predominando la influencia de voces efik.
”Rotos desde hace muchos años los vínculos con la lengua de origen, el tono, el acento, la inflexión, que le imprimen a la palabra su correcta expresión, se han perdido y el lenguaje abakuá ha devenido en una jerga o dialecto afroespañol —o mejor afrocubano— en el que se dificulta cada vez más precisar la procedencia de sus voces.
”El centenario lenguaje, a medida que avanza el tiempo, va perdiendo elementos originales, predominando la entonación criolla sobre los pocos sonidos africanos que aún subsisten en nuestro medio […]”[1].
En plena faena, se llama en "lengua" a los antepasados
Según Sergio Valdés “[…] abakuá logró preservar un lenguaje esotérico, mezcla de diversas lenguas y dialectos del Calabar, que no puede fungir como medio de comunicación fuera del acto litúrgico sino es con la ayuda del español. Realmente el habla cotidiana de los ñáñigos es el español salpicado de voces y frases en lengua abakuá”[2] .
Esto es lógico. La tradición abakuá no se enseña desde la niñez (aunque desde niños no pocos aprenden a bailar y a hablar ñáñigo si se encuentran dentro de un entorno familiar o social permeado por esta cultura). La incorporación al ñañiguismo se efectúa generalmente de forma voluntaria y dentro de la etapa adolescente-juvenil o más tarde. En el período pos iniciación, el endísime recibirá solo determinados rudimentos que le servirán para “presentarse” y establecer una comunicación simple, caso de no tener un amigo, padrino o pariente muy versado en el tema y que tenga interés en introducirlo en los vericuetos de este lenguaje.
Ahora bien, ¿cómo un complejo de lenguas y dialectos del Calabar ha engranado de forma tan perfectamente armoniosa dentro de la agrupación mutualista?, es algo que mueve a la reflexión. Suponiendo que los carabalíes Áppapa iniciaran a Efí Butón, ya debían los primeros haber asimilado o sincretizado su lengua con otros grupos de la región que vinieron a Cuba, pues carabalíes había muchos, cada uno con su dialecto o lengua. De haber recepcionado el ñañiguismo la mezcla arbitraria de estos distintos grupos, podrían no entenderse (como con la simbólica Torre de Babel), puesto que la Sociedad Abakuá está constituida por alrededor de dos centenas de juegos o potencias independientes en  La Habana, a las cuales se les adicionan cerca de cien entidades que descansan en Matanzas y Cárdenas.
Investigadores como Juan Luis Martín consideran que en las lejanas tierras del Calabar existía una lengua franca de la región, donde se mesclaron esclavos yoandés y dualas, llevados de territorios situados más al Mediodía.
“Significa este hecho que no fue nada que exigiera esfuerzo excepcional el que se constituyeran potencias de ñáñigos de calabaríes, que, además de disponer de un elemento común de entenderse en cuanto a sus deidades, en sus invocaciones traían ya de esa región de África, como no ocurría tan extensamente con otros, una lingua franca, un instrumento idiomático común. En el saludo encontramos expresiones y usos del yaondé, o pagüino, desdeñadas las del Duala, que, aparentemente, no tenían uso y que, por tanto, podían ser expresiones secretas. Tenemos, así monina, nagüe, ecobio, tata, nangüeriero, que han pasado ya a la expresión popular”[3].
Teodoro Diaz Fabelo apunta, por su parte, que “el lenguaje de los ñáñigos es la lengua africana Kalabarí Bríkamo Mañón Usagaré, hablada por los 7 reinos principales del imperio Efó Usagaré, por los 7 reinos principales del imperio Efí Obane, y por varios reinos federados a los dos imperios antes mencionados. Además esa legua es el tronco madre de la de los reinos Ekerewá, Orú, Bibí y otros. La lengua Bríkamo Mañón Usagaré es de la familia lingüística Bantú, al igual que las lenguas de los pueblos vecinos del Camerún que hablan Duala, Noho, Yaunde y otros como los actuales biafraneses que son los descendientes Kalabary —sic—” [4].
Podríamos suponer, siguiendo las lógicas anteriores, que ya la lengua ñáñiga vino mezclada. Tal vez esa sea la causa por la cual un iniciado de Efí Embemoró pueda “presentarse” (dar sus señas verbalmente) y ser totalmente comprendido por uno de Muñanga Efó o de Orú Appapá, aunque pertenezcan a ramas diferentes (Efí, Efó u Orú). Por otro lado, si bien reconocemos al español en su variante cubana como lengua oficial, dentro del ritual abakuá predomina el ñáñigo (por nombrarlo de alguna manera a falta de un calificativo más preciso) y solo se emplea el español para solicitudes específicas: “alcánzame la tinaja”, “dame el yeso”; o para algunas preguntas al endísime, que todavía no conoce a plenitud la liturgia.
El simbolismo hablado dentro de la Sociedad Abakuá está, ya no tanto en la capacidad del iniciado para descifrar todos los códigos lingüísticos, sino en la comprensión del significado en su conjunto. Dicho de mejor manera, consiste en captar la idea general y no cada una de sus partes. Rara vez encontramos que un practicante se interese en reconocer las estructuras gramaticales que componen el discurso comunicativo. El lenguaje funciona a través de implicaturas; no es lo que se dice, sino lo que se implica.
Los abakuá conservan su lengua a través de estructuras memorizadas de cantos, rezos, sentencias y refranes que los iniciados no suelen segmentar lexicalmente, aunque conservan en sus libretas o “cartillas” un sinnúmero de palabras sueltas a manera de vocabulario.
Dichos textos,  que inicialmente se recibían solo por vía oral, fueron inmortalizados con la palabra escrita, y aún admitiendo la inexactitud en muchas de las transcripciones, resulta indiscutible la función conservadora que ejercieron las “libretas” para preservar la tradición, sobre todo cuando los esclavos africanos iban desapareciendo en Cuba. El mérito fundamental de los “tratados” abakuá radica en el privilegio de recuperar la experiencia acumulada de primera mano, por ex esclavos venidos del Continente Negro.
De cualquier modo, quizá muchos africanos de la época (y aún antes) iniciados en la hermandad ya conocían las primeras letras. Luz María Martínez asegura que el caudal de la lengua africana, en el siglo XVIII, fue celosamente guardado en las libretas que poseían los oficiantes de diferentes cultos (v. Martínez Montiel.2008:401).[5] También el investigador Pedro Deschamps se cuestiona sobre ello en un concurrido barrio habanero, plaza fuerte del fenómeno abakua:
“Cuántos abakuá de Jesús María no serían alumnos en la década de 1840 de la morena libre María Faustina Peñalver, de Juana Pastor después de 1835 que se le dio el permiso o de Matíaz Velazco, sargento primero del batallón de Pardos Leales de La Habana, veterano de la campaña de la Florida, que había permanecido hasta 1823, cuando se estableció como maestro en la barriada de Jesús María. Al detenerlo durante la conspiración ‘que ese gobierno denominó de los negros contra los blancos’, hacía más de 20 años que impartía la enseñanza de las primeras letras y continuó después de finalizado el proceso de La Escalera. En 1856, tenía su escuela establecida en la calle de Someruelos n. 1, contando con más de treinta años de labor educacional”.[6]
De tal suerte, encontramos que la escritura se convirtió en un instrumento alternativo, aunque nunca sustituyó la oralidad. Así, se establece un sistema dual de códigos comunicativos —oral y escrito— sin que uno niegue al otro. Sin embargo, predomina la vía oral. Un hombre es considerado “sabio” en abakuá, en la medida que pueda memorizar y transmitir con mayor fiabilidad su conocimiento al público, lo cual elevará su estatus, autoridad y supremacía sobre el resto del grupo.
Es preciso reconocer a la lengua ñáñiga o abakuá tal cual es. No es efí, aunque prevalezca este, sino una unidad con otras lenguas de la región; es un remanente, entonces, de las culturas del Calabar en Cuba, si bien no contamos con hablantes cubanos de aquellas lenguas.
El lenguaje abakuá tiene una función simbólica, contextual, espacial y temporal, cuyos transmisores son los miembros de las cofradías abakuá que conocen y utilizan la lengua ñáñiga como subcódigo lingüístico. Son hablantes de español, pero que en determinada situación de comunicación se valen de un conjunto de símbolos lingüísticos que los conecta con el pasado, tradiciones y leyenda. Al ser generalmente un discurso religioso, no suele proferirse en cualquier lugar, sino en determinados contextos y el discurso solo puede ser expuesto por hombres. Hay casos en que el espacio se reduce al fambá, en otras ocasiones es más público. El discurso, generalmente, recae en determinados dignatarios, cuyas funciones les permiten pronunciar plegarias, cantos, alabanzas… El emisor representa a los antepasados ancestrales.
Por su parte, los receptores decodifican la información, fundamentalmente, los cofrades, quienes están habituados al ejercicio de la lengua abakuá. Es la comunidad que escucha, la que distingue el texto y el género discursivo y quien determina, en última instancia, el lugar donde debe producirse, y en consecuencia, el tipo de relato, el tema y el estilo a través de la oralidad más que escritura en dos cirscunstancias fundamentales: la ritual y la social. La ritual emplea casi en su totalidad el lenguaje abakuá con salpicaduras del español; en la social, inversamente, permea al español de Cuba. Voces como ecobio, asere o monina han calado el habla cotidiana del cubano. Chévere es el ejemplo más socorrido, incluso por hablantes foráneos. Moropo, ñampio, ocambo o fambá, abandonan el terreno ritual y se abren paso, incluso, entre muchos hablantes del español.
Lo anterior puede darnos una idea de la influencia de la lengua abakuá en el español de Cuba y cómo, efectivamente, se han perdido elementos originales del simbolismo lingüístico ñáñigo. No obstante, el hermetismo de esta asociación, así como la temprana conservación de textos, ha posibilitado que perduren los remanentes carabalíes con menos alteraciones, quizás, que entre otras expresiones religiosas de origen africano en la Isla.
Las narraciones abakuá se conservan, fundamentalmente, a través de enkames y cantos que nos transportan en tiempo y espacio hacia momentos y lugares específicos; estos códigos lingüísticos —se ha dicho— no precisan la comprensión del significado lexical de las palabras o frases, sino las implicaturas e inferencias; no se busca la palabra justa, sino la musicalidad en el discurso, el tono, la intensidad, las inflexiones en el lenguaje.
Algunos vocablos, incluso frases completas pueden haber variado en cuanto a modulaciones, sonidos, aspiraciones vocálicas o consonánticas, etc., pero la lengua hablada sigue siendo funcional a los efectos de la tradición y la traducción del mito, toda vez que el emisor no es un elemento pasivo en la producción del discurso y, más que un mero repetidor de lo aprendido, busca recrear el mensaje heredado, ya sea por vía oral o escrita.

Fuentes consultadas:
Dechamps Chapeaux, Pedro. “El lenguaje Abakuá”. En Etnología y Folklore, No 4, julio-diciembre, 1967.
-------                  (III) El negro en la economía habanera del Siglo XIX. Ed. Unión. La Habana, 1971.
Diaz Fabelo, Teodoro. (I) Introducción al estudio de los abakuá. (Material mecanografiado). Biblioteca Nacional y Casa de África. La Habana, 1969.
Martín, Juan Luis. Papeles Cubanos. T.I, V, VI y VII. Editorial Atalaya, S.A. La Habana, 1943.
Martínez Montiel, Luz María. Africanos en América. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 2008.
Valdés Bernal, Sergio. “El legado carabalí en el español de Cuba.” En Anuario de Lingüística Hispánica. Vol. XII. Universidad de Valladolid. 1996-97.

 


[1] Dechamps, 1967, 39.
[2] Valdés, 1996-1997, 453.
[3] Martìn, 1943, T. V., p. 6.
[4] Dìaz, 1969, 101.
[5] Martínez, 2008, 401.
[6] Dechamps, 1971, 131.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Abakuá: La satisfacción lingüística



Por: Ramón Torres
Parte del conocimiento abakuá se ha conservado en las "libretas"
La inteligencia humana se desarrolla siempre en un ambiente social, gran parte de lo que se piensa y se siente lo decide el entorno. Pero no siempre fue así. Según consenso de la comunidad científica actual, los fósiles más antiguos del Homo sapiens proceden del sur de Etiopía, llamados Hombres de Kibish, con 195 000 años de antigüedad.  Le siguen los restos hallados en cuevas del río Klasies, en Sudáfrica, con 125 000 años y con indicios de conducta moderna. A estos fósiles se suman los del Homo sapiens idaltu, con unos 160 000 años, datación que coincide con lo estimado para la llamada Eva mitocondrial, considerada la antecesora de todos los humanos y que probablemente vivió hace unos 200 000 años en Tanzania. Además, la línea patrilineal conduce hasta el Adán cromosónico, calculado en unos 140 000 años de antigüedad. Más o menos desde esa Eva y ese Adán es que puede hablarse del lenguaje como la gran invención de la Humanidad.
Junto con el lenguaje aparecieron las diferentes formas de convivencia, el control de la conducta, la cultura, esta última como conjunto de valores (materiales y espirituales) creados por la Humanidad en el curso de la historia. La cultura es, entonces, un fenómeno social que representa el nivel alcanzado en determinada etapa de desarrollo y transformación. Ahí radica la importancia de estudiar cualquier tipo de relación humana a través de sus expresiones lingüísticas, que en buena medida han servido al ser humano para manifestar lo que piensa o siente.
En el caso cubano, y específicamente en lo relativo a la Sociedad Abakuá, se aprecia con claridad (como en otras expresiones de antecedente africano) un proceso de mestizaje, devenido de la notoria concentración de carabalíes en la región noroccidental cubana, que interactuaban con otras personas procedentes de diferentes regiones, tanto de África como de Europa, incluso del continente asiático.
Consecuentemente, la necesidad de expresarse y autolegitimarse como grupos humanos inmersos en una sociedad en configuración constante, coadyuvó a que africanos, criollos y peninsulares a menudo coincidieran en diversos espacios de socialización, en los cuales, sin embargo, se relacionaban en español, el idioma del conquistador; es decir, que simbólicamente, se perdían las lenguas maternas tradicionales de los africanos.
En torno al fenómeno estudiado y su desarrollo en la cotidianidad citadina, explica Juan Luis Martín “no hay que olvidar que el ñañiguismo fue de florecimiento urbano y que sus afiliados, incluso los primeros, no estuvieron nunca tan aislados en la comunidad, como para conservar intacta la lengua ritual con lo que ella expresaba”.[1]
Pero, a su vez, la matriz venida de España tampoco constituye una matriz estática, sino que ella misma está configurándose, impactada y obligada a cambiar, en condiciones de contribuir a una nueva identidad: la cubanía, mezcla de lo negro y de lo blanco; de lo africano y lo español, de lo originario indígena y el tardío componente asiático, donde participan como un todo a los efectos de la nueva cultura.
Aunque el presente estudio dista mucho de pretender abordar la Sociedad Abakuá a partir de todas sus interioridades sociolingüísticas, es preciso tener en cuenta la función de las lenguas de los carabalíes y sus descendientes dentro de la cultura cubana.
Los primeros intentos vinculados con el tema lo dejaron figuras clave del dominio policial habanero: Alejandro Rodríguez Árias, gobernador provincial de La Habana, quien en el Primer informe sobre los ñáñigos en Cuba (1881) trató de recopilar elementos que le parecieron necesarios sobre la historia, costumbres y lenguaje de lo que consideraba una agrupación perniciosa y atrasada, labor a la que se incorporó al año siguiente Carlos Urrutia en el libro Los criminales de Cuba y don José Trujillo, perspectiva que continuaron a inicios del siglo XX Rafael Roche Monteagudo con La policía y sus misterios en Cuba (1908) y Antonio Barras y Prado en La Habana a mediados del siglo XIX (1924).
Fernando Ortiz (1881-1969) deja en su Glosario de afronegrismos un conjunto de palabras que sirven de referencia para los estudios actuales en cuanto a los remanentes africanos que funcionan en el español de Cuba y América, con observaciones lexicográficas que continúa, luego, en muchos otros libros.
Su contemporáneo, Juan Luis Martín (1898-1973) recogió un grupo de trabajos que llamó Papeles Cubanos, entre los cuales figuraba lo que consideró un “Palabrero abakuá” y “El castellano jergal de los ñáñigos”, a partir de su interpretación de documentos ocupados por la policía desde el siglo XIX, época en que muchos miembros de las potencias empezaron a complementar la tradición oral con el texto escrito. Aseguraba Martín que los cuadernos de apuntes litúrgicos y las llamadas cartillas o palabreros resultaban muy valiosas y no tan desdeñables como se suponía.
[…] Esto, sin embargo, es muy poco; pero no faltan todavía veteranos del ñañiguismo, a quienes consultan constantemente los neófitos, para aclarar algún acto litúrgico, la significación de alguna frase o el empleo de la palabra más apropiada. Algunas voces han desaparecido de la circulación del dialecto ñáñigo, pues al desbordarse hacia la lengua de la ordinariez ellos las han reemplazado, a ojo de buen cubero, o convencionalmente, por otras. Sin embargo, en las rúbricas no ha sido tan importante el desgaste […].
Los ñáñigos continúan aprendiéndose todo eso de memoria; los encames, muchas veces complementos, se convierten en palabras de pase, en medios de identificación. La labor de confiar todo eso a la memoria, de guardar y transmitir el contenido de esos brevarios, es una labor que demanda mayor perseverancia, dedicación y firmeza, de lo que se puede suponer […].[2]
La tradición abakuá se ha mantenido, fundamentalmente, a través de sus lenguas: cantos y recitaciones que narran acciones, sucesos e historias que sus miembros memorizan, transmiten y recrean en su actividad ritual.
No pocos iniciados han adquirido relevancia gracias a su acumulación y reinterpretación de los textos escritos depositados en las “libretas” o “tratados” heredados. Existen en la actualidad personas considerados “sabios”, que nada tienen que envidiarle a un erudito o profesional en una materia determinada: Ernesto Soto, el Zambo (Mukandá Efó), Rigoberto Cusal (Efí Eroko Enyuao), Pedro el Sese Ekoi, Boniato (Irongrí Efó), Piro (Kamaroró Efó), son solo algunos ejemplos de bibliotecas andantes que descuellan por su dominio de la “lengua”, y que se han convertido en maestros de muchos iniciados.
Los descendientes criollos no eran hablantes de las lenguas del Calabar, pero mucho contribuyeron con el registro de aquellas lenguas sacras a través de sus “libretas”. El investigador Tato Quiñones y Orlando Gutiérrez Boza, ambos iniciados en la entidad, ofrecen puntos de vista acerca del acriollamiento y refuncionalización de la palabra escrita:
El proceso de aplatanamiento[3] ha sido similar en casi todas las religiones populares cubanas de origen africano: la transmisión oral a partir del cabildo. La existencia de esta institución posibilitó la transmisión de esas culturas africanas, solo que cuando los criollos aprendieron a leer y escribir, reinterpretaron aquellas religiones y llevaron a lenguaje escrito las tradiciones de sus antepasados.
Están los “tratados” abakuá. No son documentos públicos al que todo el mundo tiene acceso, sino que los iniciados guardan muy celosamente, pero el que estudie para la praxis sacerdotal sabe que tiene por dónde guiarse, y no solo por lo que te dice un dignatario de su juego.
Es muy probable que un carabalí actual, de la región de la que proceda, venga a Cuba y pueda reconocer, reencontrar, alguna de las prácticas de las que no haya visto y que haya oído hablar, y que en esta Isla se conservan de la manera más viva, que no se han fosilizado. En estos “tratados” hay historia africana, cómo la interpretaron los hijos o los descendientes de esos carabalíes.[4]
Orlando Gutiérrez, médico de profesión y Nasakó de Efori I Tongó, en Regla,[5] agrega, sin embargo:
Hay un problema con el lenguaje. Con la terminología se debe tener cuidado, ¿por qué?, porque aquellos africanos no trajeron nada, no tenían equipaje, solo traían sus palabras, las que conocían, la que hablaban. En aquel entonces no existían grabadoras de sonidos ni ningún medio audiovisual de los hoy conocidos; es decir, no había modo de conservar las palabras, a no ser las transmitidas de forma oral. Tampoco existían las libretas, que surgieron después.
Estos africanos permitieron que los criollos ingresaran en sus cabildos, por eso es tan importante el criollismo. Entonces, esa introducción, primero de los negros libertos, después de los mulatos y más tarde de los blancos, fue una cosa increíble que en plena esclavitud fuera la primera institución que tenían negros y blancos como miembros.
Entonces aparecen las primeras libretas y se comienza a escribir, pero se escribía lo que se hablaba. ¿Cómo se dice avión en abakuá? ¿Cómo se dice bioquímica? Pienso que hay que estudiar un poco más a los criollos, porque fueron los criollos los que recogieron las palabras y prácticas que se implementaron y que hoy en día continúan.[6]
Lo anterior presupone el análisis del lenguaje abakuá en dos contextos diferentes: uno, como lengua ritual; otro, como lenguas formativas de diversas expresiones coloquiales. En el primer caso, ha tenido muy poca evolución en el sentido renovador, toda vez que los descendientes criollos aplicaron limitadísimos cambios lingüísticos, puesto que la vida y la comunicación social en Cuba se hacían en español.
Con todo, sí ha existido enriquecimiento de estas lenguas cuando la situación lo ameritaba. Nos dice Juan Luis Martín que “Los criollos, en no pocos casos, se limitaban a imponer a los nombres castellanos un prefijo y alterar el acento, tomando luego la parte por el todo. Así, entobilló, el en-tobillo, que usaron por pierna”.[7]
La misma fuente habla del saludo de tata, asegurando que no tiene nada que ver con el tata, padre, tan corriente entre otros afrocubanos. Igualmente señala a la voz peripé (o paripé) como un anglicismo que ha pasado a la lengua popular.
En el “Palabrero de abacuá” (1945) se recogen voces que, a fuerza del empleo, tuvieron un amplio uso en la población, aunque quizás hoy sean menos conocidas. Entre ellas figuran: Eyenisón (África-africano), brícamo (carabalí), macarará (blanco), birumbia (brujería), maribá (mar), miñimiñi (amujerado), encorioco (zapatos), cocorioco (fantasma; y, por extensión, individuo feo).
Si Juan Luis Martín acopió referencias en desuso,  la hermandad se ha ocupado de andar a tono con su tiempo, e incluyó palabras inexistentes en África, se las atribuyó a otras, o inventó vocablos propios del contexto americano,  como afiana (policía), endabaqué o amún (tabaco), epanipá o peripé endabaqué (cigarro), aserenó bonicán (locomotora), y territorios geográficos importantes para la membresía, entre los cuales están Sangarié rie ekón (Isla de Pinos), Itiá Nunkue (La Habana), Itiá Fandobá (Matanzas), e Itiá Kanima Sene (Cárdenas).
A la hora de evaluar el repertorio lingüístico abakuá, debe tenerse en cuenta el entretejido de elementos interrelacionados en lo que pudiera denominarse identidad carabalí. Pero el carabalí no es un grupo homogéneo, sino integrado por diversas colectividades humanas que habitaban el actual sudeste de Nigeria y suroeste de Camerún, además de la interacción con otros grupos étnicos con diferentes interpretaciones religiosas y un variadísimo repertorio de lenguas y dialectos.
En consecuencia, se generó un “sincretismo interno entre las etnias africanas, condenadas a convivir en un nuevo marco político, económico y social”.[8] La cosmogonía y la lengua abakuá es la síntesis de esos factores; de ahí la existencia de múltiples interpretaciones del mito y el empleo de una lengua ritual, de una tradición oral, como simbiosis de los muchos grupos carabalíes que le dieron origen, algo similar a lo que encontró Hippolyte Brice entre los ewé-fon en Cuba.
La tradición oral  es, además, una manifestación lingüístico-cultural traída del pasado y que ha trascendido en el tiempo, al menos sus rasgos esenciales. Tiene valor en el pasado, vigencia en el presente y una proyección hacia el futuro, y, como variante cultural, está sujeta a cambios, remodelaciones, renovaciones, reinterpretaciones.[9]
Sobre las transformaciones más notorias del habla ñáñiga, abundaba la doctora Gema Valdés Acosta, durante su intervención en el IV Coloquio Internacional de Antropología Religiosa, efectuado en mayo de 2011 en el Instituto Cubano de Antropología:
Fonética y fonología
Los remanentes abakuá evidencian tres características principales [...]:
a)    Presencia de alternancias entre formas que mantienen rasgos de origen y otras asimiladas a las características hispánicas [mpegó “escribano”, “tambor supremo”][10].
b)    Variaciones formales y alternancias de consonantes y vocales causadas por las formas orales de transmisión de remanentes [empegó “tambor de orden”].
c)    Pérdida de características vinculadas a los tonos [enawe/nawe “amigo”; ekaekoropó/ekoi koropó “cementerio”].
Léxico
El léxico recogido por diversos autores confirma la relativa homogeneidad de cada uno de los remanentes [...]
a)    Funcionamiento de datos comunes a los remanentes bantúes estudiados en Cuba [enquico “gallo”; inúa “boca, hablar”; iriampo “comida”. Todos estos datos registrados en lenguas bantúes].
b)    Pobre presencia de vocablos del campo semántico de las plantas, con una alta frecuencia de verbos [...]
c)    Numerosísimas variantes por dato lo que disminuirá las reales entradas en comparación con los datos recogidos [biakoko-biokoko-biacoco “tiza blanca”; aguanico-awaniko “mono”; belebe-beleme “vuelo de flecos o festones de soga de adorno que lleva el traje del íreme o del tambor”].
d)    Funcionamiento de vocablos en el reservorio del español coloquial de Cuba [asere, monina, ecobio, ocambo].[11]
Lo anterior permite afirmar que abakuá o ñáñigo no es una lengua en sí; tampoco un dialecto de la institución para comunicarse, puesto que fuera del acto ritual deja de ser funcional, sino un remanente de la descendencia carabalí, primero, y luego de todos aquellos que se iniciaron en hermandad (ya fueran hombres negros, mestizos, chinos o blancos) para preservar sus funciones religiosas. Entre los juegos matanceros, predomina el isuama, en La Habana, el bríkamo; pero uno u otro están transversalizados por ese arcoíris lingüístico carabalí, donde parece ponderar el efí, lo cual se entiende, pues de acuerdo con la mayoría de las fuentes, la Sociedad Abakuá es heredera del culto ekpe, de origen ibibio/efik.
El doctor Sergio Valdés Bernal[12] asegura que la gran difusión de las sociedades abakuá entre las más diversas clases populares, propició que de la jerga o idiolecto ñáñigo pasaran numerosas palabras, frases, expresiones y refranes al español hablado en Cuba. Ejemplo de ello es el refrán abakuá más popular, “Chivo que rompe tambor con su pellejo paga”, que equivale al hispano “El que la hace la paga”, y que en abakuá es Ekué mbori, mbori ekué.
Y, a modo de conclusión, sentencia el citado autor:
Naturalmente, son muchas más las palabras, expresiones, frases y refranes que se conservan en la llamada “lengua” abakuá, que han pasado al habla popular cubana. Todas han sufrido un profundo proceso de hispanización, es decir, la adaptación del sistema vocálico, consonántico y morfológico de las lenguas de los carabalíes a las características de la lengua nacional de Cuba, la española, en su variante cubana. Como esas adaptaciones a la pronunciación española las recogieron en las libretas o efo-nipán, individuos de escasa erudición, han sufrido alteraciones que dificultan mucho conocer el origen de cada vocablo, lo que hace más difícil la investigación lingüística. Sin embargo, una cosa es cierta: los carabalíes introducidos en Cuba dejaron una imborrable huella en nuestra cultura y lengua nacionales.[13]



[1] Juan Luis Martín: Papeles Cubanos. Ed. Atalaya. La Habana, 1944, p. 10.
[2] Juan Luis Martín: Papeles Cubanos. Ed. Atalaya. La Habana, 1945, pp. 9-10.
[3] Reacomodamiento, criollización o acomodamiento.
[4] Tato Quiñones: Comunicación personal, mayo de 2011.
[5] Desde el mes de mayo de 2017 el doctor Gutiérrez figura como Presidente de la Asociación Abakuá de Cuba.
[6] Orlando Gutiérrez Boza: Comunicación personal, mayo de 2011.
[7] Juan Luis Martín: Ob.cit., 1944, p. 8.
[8] Hippolyte Brice: La tradición ewé-fon en Cuba. La Habana. Fundación Fernando Ortiz, p. 60.
[9] Ob.cit., p. 52.
[10] Los ejemplos que aparecen  entre corchetes los da la autora en otro lugar del documento, pero se ponen inmediatos a los incisos para una mejor y más rápida comprensión.
[11] Ramón Torres (compilador). Abakuá, los hijos de èkpé. Ed. Ciencias Sociales, pp. 79-81.
[12] --------------- Ob.cit., p. 73.
[13] ---------------- Ob.cit., p. 74.