viernes, 23 de julio de 2021

Chinos en abakuá: el camino de la integración

Por: Ramón Torres/ Fotos: Cortesía de Fernando Árias, Nasakó de Obane Sese Condo

Fernando Árias, Nasakó de Obane Sese Condo, una de las entidades abakuá que albergó en su nacimiento a muchos chinos y descendietes

La política esclavista del siglo XIX en Cuba fue tolerada, admitida, favorecida y hasta solapada por el gobierno colonial español. En tanto Gran Bretaña recrudecía las acciones para presionar a la Isla con la abolición de la esclavitud, el sentir de los hacendados criollos estaba signado por acontecimientos tan telúricos como la crisis de la industria azucarera en Jamaica y las crecientes sublevaciones de esclavos que habían tenido su más alta significación en 1844 con la Conspiración de La Escalera.

Bajo este panorama que ponía en crisis la trata negrera surge la propuesta de la Comisión Inglesa, que investigaba tales asuntos en nombre del Parlamento Británico, de importar trabajadores asiáticos bajo un régimen de contratos, del cual ya se tenía experiencia en otras latitudes.

Así llega a Cuba en junio de 1847 el primer contingente de hombres procedentes de China, bajo un aparente sistema contractual que devino esclavitud encubierta y despojo de los más elementales derechos humanos, pues ante la subsistencia de la institución esclavista se agravó la realidad social y legal de los trabajadores contratados a diferencia de lo ocurrido en otras colonias.

Tras el auge de las grandes industrias tabacaleras y cigarreras, así como el desarrollo de la esclavitud urbana, apoyado incluso por la legislación vigente, los chinos contratados comienzan, entonces, a desarrollarse como etnia en Cuba, y crean prácticamente una barriada en las calles capitalinas de Zanja, Dragones, San Nicolás y Rayo.

Pero el fenómeno no se limitó únicamente a esa zona, sino que trascendió a otras regiones del país. Resultó entonces que la vida de un culí  en Cuba no tuvo diferencia con la de un esclavo africano o criollo.

(…) los chinos carecían de sus mujeres —explica el investigador reglano Pedro Cosme Baños—, las que por razones ajenas a su voluntad no habían formado parte de las primeras oleadas de contratados, ellos no constituían verdaderos colonos y por demás muchos creyeron poder regresar a su país natal con los bolsillos repletos de dinero. Otros esperaban traer a sus novias o esposas y murieron en la espera y las mujeres traídas posteriormente no constituyeron número importante.

Ya en la primera mitad del siglo XIX era totalmente corriente ver en Cuba una significativa población mestiza (…).

Para los sectores negros y mestizos decimonónicos de la Cuba colonial, y para los asiáticos introducidos igualmente en condiciones de semiesclavitud, las prácticas culturales, más que espacios de negociación constituyeron ámbitos de resistencia frente a la asimilación que todo proceso de vasallaje trae como signo de opresión cultural asociado; es decir, dichas prácticas estuvieron expuestas y abiertas ante la transculturación a comportarse como elementos dinamizadores de la socialidad, fomentando el diálogo y apropiación de aquellos aspectos más fuertes de raíz hispánica. 

Específicamente el poblado de Regla recepcionaba y contrataba a muchos culíes, sobre lo cual agrega Cosme Baños que allí hicieron los iniciales contactos con los africanos, peninsulares y criollos, fundamentalmente con los primeros, con quienes desde entonces compartirían igual suerte y en ocasiones peor destino.

Más adelante continúa todavía el citado autor:

Esta unión facilitó que muchos asiáticos aceptaran igualmente las religiones de origen africano como la santería, el Palo o que formaran parte de juegos abakuá. En Regla muchos fueron abakuá de origen chino. Así mismo en tiempos remotos surgieron juegos abakuá de chinos como es el caso de la provincia de Matanzas.

Nos habla igualmente el maestro de historiadores José Luciano Franco, quien asegura: Existe en Matanzas un juego de ñáñigos formado por chinos y sus descendientes que se nombra Fi-Etete-Efí y a cuyas fiestas y ceremonias acuden gentes de todas las demás provincias.

La incorporación de asiáticos y descendientes no se limitó al siglo XIX, sino que continuó a todo lo largo de la siguiente centuria. Hacia principios de los años 30, Efí Etete de Matanzas (entidad que aún sobrevive) creó al juego Obane Sese Condo.

Izq., Julio Liao Sin, iniciado en Obane Sese Condo

En 1933 entra el primer chino a nuestra potencia —asegura Fernando Árias, Nasakó de la misma por más de 50 años—. Se llamaba Ignacio Lee y llegó a ocupar la plaza de Emboko. También se iniciaron allí Julio y Julito Liao, dos chinos que vivían en Guanabacoa. Realmente hubo muchos más que ahora no recuerdo, pero sí te puedo asegurar que eran mayoría.

Julio Liao Laud, hijo del anterior

Numerosos miembros y jerarcas de Obane Sese Kondo tienen fijada su residencia en La Habana, pero su interacción con la provincia matancera continúa a partir de los lazos de hermandad que les impone la potencia.

Resulta curioso cómo la Sociedad Abakuá se abrió tan tempranamente a la integración racial, aún cuando en los inicios (1836, según la mayoría de las fuentes) sus creadores se mostraban tan reservados en torno a la mezcla con quienes no “clasificaran” como negros “puros”, es decir, descendientes directos de africanos (sin otra mezcla); pero abakuá se perpetúa y acomoda, a la vez que resiste como cultura.

Definitivamente, la imposición racial y étnica en la cofradía había cambiado cuando el mestizo Andrés Petit creó la primera potencia de blancos, en 1863, y luego con la incorporación de estos asiáticos.

Es que abakuá se parece al pueblo que le dio cabida, donde el color no es lo más importante, sino el respeto y la continuidad hacia los códigos venidos con aquellos negros del Calabar, donde caben negros, blancos, chinos y mestizos con el signo de la integración.  

jueves, 15 de julio de 2021

Lo negro en Ortiz

 Por: Ramón Torres

El Tercer Descubridor
 
El 16 de julio de 1881 nace en La Habana uno de los más grandes pensadores cubanos del siglo XX: Fernando Ortiz, a quien calificara Juan Marinello como el Tercer Descubridor de Cuba. Sus predecesores: Cristóbal Colon, al toparse con nuestra Isla en su empeño por llegar a la Indias buscando una ruta hacia el occidente; el segundo, Alejandro de Humboldt, quien enumerara tan magistralmente la flora y fauna nacionales, mientas que le correspondió a Ortiz pesquisar la psicología y sociología de este terruño.

Con apenas 14 meses su madre Josefa Fernández de Garay se trasladó a Menorca, donde un hermano era alcalde. Allí comenzó Ortiz sus estudios y recibió las primeras impresiones basadas en estructuras sociales muy jerarquizadas, con la iglesia a la cabeza, vida social estratificada y relaciones raciales discordes.

En los tiempos de Menorca

De cualquier modo, comprobó que la inteligencia no tenía color, pues pronto entabló amistad con el negrito Marshall, que los superaba a todos en audacia, conocimiento, y dominio del francés.

Fuimos buenos camaradas infantiles —diría más tarde Ortiz, recordando al amigo de la infancia— y a ninguno de la escuela se le ocurrió jamás que el negrito, a quien llamábamos Cap de Moru (Cabeza de Moro) fuese sin embargo de distinta humanidad.

Hacia 1894 retorna a la patria, donde cursa Leyes en la Universidad de La Habana, pero en 1899 va a Barcelona para terminar la carrera. De ahí se mueve a Madrid y continúa estudios criminológicos que constituirían la base de su acercamiento al problema racial en Cuba.

Está claro que su tesis doctoral presentada en la capital española el 13 de diciembre de 1901 tenía una significativa carga positivista, es decir, partía del hecho de que las personas negras nacían predispuestas a la comisión de delitos, pero por primera vez se miraba el fenómeno desde una perspectiva de las víctimas. Y esto constituía, sin lugar a duda, un paso adelante.

Al principio consideró iguales a todos los negros. En la foto, dos personas muy parecidas se creía que deberían cometer los mismos delitos

Se ha repetido, quizás hasta la virulencia, el período lombrosiano de Ortiz, que sacando cuenta cabal, le duró poco, porque pronto despidió esa huella aprisionadora para poner énfasis en las interrelaciones de los fenómenos sociales.

Lo negro en Ortiz floreció desde su posición de defensa a una cultura mestiza, donde lo afro es tan revelador como lo venido de Europa, cristalizando en formas, costumbres, géneros que definen “lo cubano”.

Cuando admitió públicamente que “sin el negro Cuba no sería Cuba”, nuestro Tercer Descubridor estaba legitimando el aporte africano a la nación, y daba fe de que sus tradiciones y su arte tenían tanta validez como lo venido de Occidente.

Por eso nos apropiamos de las palabras que en el prólogo a Órbita de Fernando Ortiz, legara ese otro grande, Julio Le Rivered, vaticinando incluso antes de su desaparición física cómo sería recordado el mayor antropólogo que ha dado nuestro país:

(…) ya lo dijo el poeta cuando formaba —con dolor de promesa— su pensamiento revolucionario:

“Mañana, cuando triunfen los buenos (‘los buenos son los que ganan a la larga’); cuando se aclare el horizonte lóbrego y se aviente el polvo de los ídolos falsos; cuando rueden al olvido piadoso los hombres que usaron máscara intelectual o patriótica y eran por dentro lodo y serrín, la figura de Fernando Ortiz, con toda la solidez de su talento y su carácter quedarán en pie sobre los viejos escombros…”

viernes, 9 de julio de 2021

Abakuá: de vuelta a los orígenes

 Por: Ramón Torres y Dowglas Reyes

De las sociedades del leopardo africanas proviene la Sociedad Abakuá cubana

No cabe duda de que el antecedente de la cubana Sociedad Abakuá está en África, de lo cual han dado cuenta numerosos autores. Sin embargo, la interpretación del mito ha generado profundas discusiones e inducido a múltiples errores relativos al poblamiento y la transmisión de la historia, así como a las comunidades que intervinieron en el origen de esta.

La mayoría de los investigadores le atribuye una génesis carabalí, olvidando que la clasificación se daba por los puertos de embarque y no precisamente atendiendo a las etnias correspondientes, pues entre estos entraron a Cuba muchos pueblos que habitaban el actual lado costero de Camerún, por tanto hay que entender el Calabar no en la acepción moderna que ocupa solo una provincia de Nigeria, sino que debemos incorporar también su limítrofe cameruniano.

El sabio cubano Fernando Ortiz designa como carabalíes a diversos grupos y cabildos entre los que figuraban los ábalo, acocuá, apapá, suamo, ibo, ingre, isieque, sicuato, bibí, brícamo, bras, abaya, briche, elugo, efí, hatan y berún. Lydia Cabrera  les atribuye, por su parte, los dialectos suáma, olúgo, briche, isieke, bibi, otan u otamo, oru u oro, oroón…, mientras que Enrique Sosa contribuye con una valiosa información del pasado africano y los pueblos que se establecieron en la zona del delta del Niger, pero confunde algunos términos, sobre todo en lo relativo a la ubicación de los ekoi, los efut (efó) y los efík (efí), algo que también le sucedió a la Cabrera.

Aunque es cierto que los efut que viven en Nigeria (en el estado de Cross River, Odukpani LGA) se mezclaron con los qua (kwa), no corresponden a los mismos grupos, lo cual trataremos de explicar a partir de trabajos más recientes de Stepham Palmié, Elí Bentor, Ivor Miller, Robert Farris Thomson, Bassey Nsa Ekpe, Víctor Mafrendi y Nanji Cyprian, entre otros, que aportan mayor claridad al asunto.

Los primeros residentes

Se sabe que el término Abakuá se le aplicó a la única agrupación religioso-mutualista de origen carabalí existente en Cuba. Sin embargo, no consta en los anales del continente africano sociedad alguna con ese nombre, aunque los antiguos ñáñigos (que así se les conoce también a los miembros de la entidad) aseguran que se fundó allá para luego ser reeditada en la Antilla Mayor.

Todo indica que cuando los efik llegaron al Calabar provenientes de Uruan (territorio Ibibio), encontraron el lugar ocupado por dos pueblos: los ejagham o ekoi y los balondo. A los originarios les llamaron qua (kwa o kua) o abakuá (de abak: primeros y kua residentes; y efut a los segundos.

Los ejagham pretenden proceder de una antiquísima migración que se remonta a la época de los atal (200 d.n.e.). Su famosa sociedad del leopardo (Ngbe) fue adoptada (aunque con nombres diferentes como el de Ekpe, Matamú, Okonko, etc.) por el territorio ibibio, balondo e igbo, en el sur de Nigeria, y entre otros grupos del Camerún.

Íreme ekoi aportado por Ortiz en 1926

Según Robert Farris Thomson, desde 1400 d. C los ejagham “realizaron una serie secundaria de migraciones, desde el corazón norteño de su tierra de origen hacia el sur, y llegaron a la boca del Río de la Cruz hace más o menos cinco siglos”. Estos ejagham colonizadores fueron denominados en aquel territorio, como se ha dicho, abakpa, palabra que quedó criollizada en Cuba como abakuá. Dichos qua venían con su propia cultura, y si bien se mezclaron con los efut  y los efik nunca dejaron de usar su lengua y elementos tradicionales.

Sin lugar a duda, los ejagham ejercieron un poderoso influjo en el resto de sociedades de la región surnigeriana-camerunesa y repercutió más tarde en Cuba. El mito ejagham tiene mucho que ver con la participación primigenia femenina, cuya tradición recuerda que un día, cuando las mujeres estaban pescando,  descubrieron en el agua el secreto de Ngbe, tras lo cual crearon una poderosa sociedad mística, hasta que una de ellas, muy enamorada de su esposo, le reveló el hallazgo. Los hombres se apropiaron del Misterio, pero temerosos de su cólera,  les dieron a Njom-Epa. Desde entonces las mujeres tienen su propia asociación y culto: el Secreto de Nkem (Ndem para los efik), la serpiente. De tal suerte, los hombres y las mujeres qua actúan en sociedades separadas.

Llama la atención que, pese a su probada antigüedad en la región y el posicionamiento de sus agrupaciones místicas,  hoy la mayor parte de los ejagham le confiera la primacía a una sociedad surgida en Usahadet, en territorio balondo. Por eso es preciso analizar también la historia de este pueblo.

De balondos y efut

El umbral de los balondo parece proceder del este africano, pero entre estos y los efut tienen diferentes puntos de vista sobre sus migraciones. Los últimos aseguran haber salido del Congo para establecerse primero en Camerún y después, huyendo de la guerra de los batanga, llegar al Calabar, una zona que ya había sido colonizada por los qua.

Una segunda explicación (la de los balondo que no se consideran efut) asevera que ellos igual provienen de la zona del Nyanga River, un tributario del Congo River y el año 1107 llegaron a Akwa Akpa (Calabar), entonces ocupada por ejagham y efik; sin embargo, los cocodrilos de la región se habían convertido en verdadera amenaza, por lo cual hacia 1149 un grupo decidió buscar nuevos asentamientos y partió hacia Camerún. La pequeña porción que se quedó en Calabar (llamados efut-balondo) sería asimilada con el tiempo por los efik, mientras los otros se mantendrían más conservadores.

Existe la creencia de que las aguas del banco de arena Ndongere (que es también el nombre antiguo de la villa Funge y el calificativo de su sociedad secreta en el departamento de Ndian) formaban una “gran barriga” donde se unía con las corrientes de Meme, Andokat y Ndian, antes de entrar en el Océano Atlántico.

Lo interesante es que uno de esos ríos, el Ndian, se llamaba antiguamente Odiani (el Oddan de nuestros abakuá), que desemboca por el margen derecho en el Rio del Rey, unos kilómetros más abajo del Ndogere. El espíritu del Ndian es un cocodrilo que reside a su vez en las aguas del Ndongere. 

Por su parte, cuentan los nativos que Ndongeré es el lugar originario de Butamu, el Gran Poder en forma de Pez que produjo un Sonido místico revelado a las mujeres, pero que ellas no pudieron controlar. De este modo los hombres se adueñaron del Misterio y crearon un vigoroso culto, luego de que cortaran el pez en dos trozos, les dieran la cola a las féminas y quedaran ellos con la cabeza que provocaba el bramido. Llamaron a la sociedad masculina Matamu y a su versión femenina Mosembe.

Puede apreciarse que tanto entre los ejagham como en sus vecinos balondos las féminas tienen sus sociedades secretas: Njom-Epa, para las primeras; Mosembe, entre las segundas; lo cual evidencia la participación femenina en el mito fundacional. Todo ello ejerció una notable influencia en la leyenda cubana de los abakuá.

Para los practicantes cubanos, Sikan es efó, pero el pez encarna el espíritu de un rey ekoi. El propio término Tanse parece provenir del ekoi nta nsí: nta es “señor” —tratamiento que utilizan los Ekoi al referirse al dios del cielo cuando no lo llaman Obasi Osaw: Nta Obasi—, mientras nsí es pez. Por tanto, Nta nsí pudiera traducirse como “Señor pez”.

Sin embargo, los verdaderos responsables de la expansión de ekue por los alrededores del Calabar no fueron ni ekoi ni efó, sino otros invasores más tardíos: los efí.

Efik/ibibio

El pueblo efik tiene un origen ibibio y, al igual que las referencias precedentes, sus migraciones antes de poblar el Calabar son imprecisas y contradictorias. Algunos dicen que los efik habían abandonado el Sudán y emigraron al distrito del Delta del Niger donde se asentaron cerca de Burutu y establecieron colonias en diferentes direcciones. En Esuk Odu se dice que surgió una gran disputa con los antiguos pobladores, lo cual les atrajo el apelativo de “efik” u “opresores”.

La segunda exégesis los considera provenientes de algún lugar del Niger, desde donde se trasladaron tierras de Arochuku, pero pronto entraron en contradicción religiosa con los aro y tuvieron que emigrar a Uruan. También de allí fueron expulsados debido a desacuerdos rituales, por lo que enrumbaron al distrito de Uruan. Tampoco fueron aceptados por aquellos lares y se vieron nuevamente forzados a emigrar, creando en su recorrido numerosas ciudades estado.

Una tercera interpretación del grupo Ambo ve a los efik como un pueblo oriental salido de Palestina (algunos dicen que de Egipto), que vagó a lo largo de Ghana por Ututu, Ibom y finalmente se estableció en Uruan.

Está claro que esas peregrinaciones ocuparon muchos años, y que cada movimiento efik impregnaba al lugar de su cultura, pero también recibía de los lugares donde hacían mayor o menor estacionamiento. Así, las sociedades de Ekpe o Nyankpe de los efik tuvieron su génesis entre los efut y los ejagham, pues todos compartían tradiciones y ritualidades en un espacio común.

Las referencias más antiguas de Ekpe no nos hablan del mito fundacional que sí encontramos entre los grupos estudiados anteriormente, sino de la adquisición de la Sociedad a partir de la compra de los grados Ekpe. Con el tiempo, los efik se convirtieron en el grupo dominante de la región y, aunque no fueron los únicos, adquirieron cierta relevancia cuando se estableció la trata negrera hacia América.

El influjo efí en Abakua se evidencia en el nombre de la primera entidad de Cuba, Efik Butón, en clara referencia a la logia surnigeriana Obutón.

Junto a los efik, existe otro importante grupo ibibio: los oron, que vivieron en Uruan mezclados con estos, de los que al parecer eran parientes. Algún que otro investigador aventura que de estos oron provienen los orú cubanos, pero puede que sea diferente.

Los igbos y sus orú

En tierras del Calabar coexisten también algunas comunidades igbo, quienes pertenecen a un antiquísimo pueblo que los descubrimientos arqueológicos sitúan desde hace alrededor de dos mil años, e incluso antes.

La mayoría de las fuentes asegura que la Sociedad de Okonco llegó a tierras igbo por medio de los qua y su Sociedad Ngbe, pero readaptada a las características locales. En realidad hablamos de la misma institución con las diferencias que siempre conlleva la apropiación o importación de una cultura ajena.

Entre estos igbo figura un pueblo singular: los orú, con una identidad y una manera de ser de la cual se sienten orgullosos. Tales igbo-orú no son ni efík, ni efó ni ekoi, ni tienen que ver con los oron-ibibios a los cuales se les atribuye frecuentemente la rama abakuá Orú con sus correspondientes denominaciones: Orú Apapá, Orú Bibí, Abakuá Orú, etc. Desde luego, en la isla caribeña se mesclaron tanto dentro de los cabildos que ello contribuyó mucho a la confusión.

El estudioso africanólogo Víctor Manfredi defiende la introducción de Ekpe en Cuba no precisamente por efikparlantes como se ha venido sosteniendo, sino por igbo, a quienes considera los mejores candidatos para pensar que a través de ellos se divulgó el Secreto al resto de sus comunidades, que incluye Obane o Bonny, uno de los principales puntos de embarque para la esclavitud, pues, según afirma, no fue “hasta finales del decimonónico que los efik tuvieron contacto con el este del estado del Delta”, y para ese momento ya los igbo de la zona conocían Ekpe, que como se ha dicho, no lo habían recibido directamente de aquellos, sino a través de los ejagham.

Sin embargo, los igbo (y específicamente los orú) resultan poco mencionados entre los grupos que intervinieron en la formación de abakuá (aunque Orú Apapá figura entre las más antiguas potencias de La Habana y se habla de un cabildo del mismo nombre antes de aparecer el ñañiguismo en Cuba) quizás porque la mayoría ha declinado ante la denominación genérica de carabalí.

Concluyendo

A los ejagham, los efik les llaman ekoi, y dentro de estos está el grupo que emigró al Calabar, los qua, responsables del nombre Abakua, porque viven en Abakpa, cuyo sonido en español es muy parecido. Estos parecen haber sido los primeros colonizadores de la región y expandieron un culto primigenio, del cual copió el resto de los pobladores que se iban sumando.

Traje cubano expuesto en el Museo de América de Madrid con claras referencias al leopardo

De igual manera, a los balondo que emigraron al Calabar los efik le pusieron efut (que son los efor o efó para nuestros abakuá). Qua (ekoi) y efut han convivido durante mucho tiempo, incluso, desde antes de llegar el pueblo efik al Calabar, por lo que es muy probable que los dos pueblos (efut y qua) hubieran mezclado sus sangres, aunque manteniendo sustanciales diferencias culturales. No obstante, en Cuba los criollos y puede ser que hasta los mismos africanos debieron referirse a los efut nigerianos como efor-ekoi para distinguirlos de sus hermanos de Camerún, a quienes siguieron llamando balondo. Se hizo tan natural esa denominación que se fusionó y se consideró que era la misma gente: Bríkamo Ápapa Efó Ekoi.

Los efik, empero, llegaron tardíos a la repartición, por tanto, fueron copiadores de los ejagham y los efut; sin embargo, perfeccionaron y extendieron Ekpe a lo largo y ancho de la región, y emergieron como grupo hegemónico que atravesó incluso el Atlántico.

Se dice que el cabildo Brikamo fundó a Efik Buton en Cuba, la primera entidad abakuá de la cual derivan todas las demás tierras efí, efó y orú, lo cual parece lógico, pues en esa institución (el cabildo generador de abakuá) presuntamente participaban miembros de distintos grupos étnicos introducidos por la trata como carabalíes.

En cambio, si los que trajeron la Sociedad solo conocían rudimentos de Efik quizás como lengua franca que chapurreaban, entonces no clasifican como efik; tampoco ekoi o balondo, pues debido a su implicación en el descubrimiento de Ekpe, carecería de sentido utilizar un idioma que les resultara disfuncional para invocar los espíritus de Ngbe o Matamu. Por tanto, solo quedan los igbo, que arribaron a Cuba en cantidades suficientes como para reproducir una entidad que se había esparcido por toda la región.

Ello también permitiría explicar la existencia de una rama Orú, que ha sido frecuentemente confundida con el grupo oron de los ibibio o con la designación de “esclavo” que se daba en algunas comunidades igbo. El pueblo Orú Igbo es otra cosa, con un valor semántico tan legítimo e identitario como el Ekoi, Efik y Efó, con quienes compartieron el sureste nigeriano y parte de Camerún. Pero seguiremos buscando más evidencias.

viernes, 2 de julio de 2021

Intrigas antes de la Loma


Por: Ramón Torres


—Lo llevaron contra la pared —escuchaba siempre decir a un octogenario que podía en aquella época ser mi abuelo—. Lo que le hicieron a José fue una componenda que venía desde hacía rato y terminó con su muerte. Aunque se hable poco de eso, “el color” sí importaba entre mucha gente de la manigua.

Entonces yo no tenía muy claro qué quería decir aquel vecino mío, pero con el tiempo pude darme cuenta de cuánta intriga se tejió en torno al mayor general José Maceo por razones de envidia, incapacidad y prejuicio.

El marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, al frente del Consejo de Gobierno, podía vanagloriarse mucho de su patriotismo, pero era incapaz de abandonar su posición discriminatoria.

El presidente no oculta su desprecio hacia los caudillos negros que van adquiriendo prestigio en las filas del Ejército Libertador, y deja constancia verbal y escrita de ello. A Fermín Valdés Domínguez le habla, entre otras cosas “de la importancia que los dos hermanos Maceo se daban” así como la necesidad de combatirla.

Ya habían intentado imponer al general Francisco Carrillo como jefe del Departamento oriental y encontraron la oposición de José, que volvió a protestar a la siguiente tentativa con María (Mayía) Rodríguez, pues el Generalísimo Máximo Gómez, que tenía tales facultades, no había dado orden alguna. Pero Cisneros quería opacar el protagonismo del valentísimo guerrero negro y, en carta a Miguel Betancourt Guerra le confesaba:

(…) José Maceo no era de nuestra confianza, ni servía para desempeñar el puesto del Departamento Oriente, que pretendía ser jefe (…)

Estaba claro que no le caía bien. Tampoco nadie que lo favoreciera, incluso si fuera blanco. Cuando José propone a Fermín Valdés Domínguez para comandar la brigada de Baracoa, Cisneros le niega el puesto. Le retira su amistad y también se encarga de rubricarlo.

Aquí Valdés Domínguez unido a Maceo y dos o tres más de cubanos pueden formar su zisma [sic] pero espero cortarlo en su base (…).

La virulencia del Gobierno parece carecer de límites. Para atizar antiguas discrepancias con el recién desembarcado general Calixto García, le entregan el mando de Oriente. Esta vez sí lo aprueba Gómez.

José Maceo no tiene nada en contra de García; de hecho, había parlamentado con él determinadas estrategias futuras, pero siente que el Consejo lo acorrala. Decide renunciar a la jefatura del Primer Cuerpo de Ejército con intervención en el Segundo, y solicita a Calixto y al Generalísimo que nombren al oficial que deberá sustituirlo.


Para colmo de males, sucedió que por aquellos días llegó el buque The Friends cargado de armamentos, y como los hermanos Maceo habían contribuido tanto para que esta colaboración se materializara desde el exterior, José tomó las debidas disposiciones, por lo que García le reclamó.  

José, estimándose mal tratado por Calixto, le dijo que é quería las armas “para pelear”, frase que todos interpretaron en sentido desfavorable para Calixto García —explica Leonardo Griñán Peralta—, pues éste, en aquella época, era considerado por algunos como un General tan poco afortunado que, cuando no caía prisionero demasiado pronto (como aquel 6 de septiembre de 1874), llegaba a la Guerra demasiado tarde (24 de marzo del 96), o le ocurrían ambas cosas a la vez, como le sucedió en el año 1880.

Los chismes surtían efecto. De cualquier modo, superaron pronto las asperezas estos grandes hombres y García, si bien comprende el malestar de su compañero, pretende persuadirlo para que se mantenga en el puesto. Con la misma intención, Gómez también le escribe desde el Camaguey, y arranca a su encuentro, pero el 5 de julio de 1896 cae José Maceo en la Loma del Gato, abatido por una bala que le destroza la masa encefálica.

Disgustado por las injusticias de los hombres que le deben respeto y cariño —relata Fermín Valdés Domínguez—, fue al combate con toda la rabia de que era capaz aquel hombre valentísimo. Llevaba en el bolsillo la ratificación de su renuncia y la carta cariñosa del General en Jefe, que hacía poco había recibido.

Gómez, por su parte, sufre la pérdida del amigo querido. Sus palabras lo honran y tiene la certeza de que las intrigas del Consejo fueron, más que todo, el elemento principal que le lanzó prácticamente al suicidio.

Venía ahora a ver al general José Maceo —dice— y a abrazarlo y la muerte no nos dio tiempo, se antepuso a mis deseos y se lo arrebató a la Patria… Era preciso haber conocido bien a fondo el carácter de aquel hombre sin dobleces y de rústica franqueza para poder estimarle y estimar su cariño cuando lo demostraba. El general José Maceo, era todo verdad y por eso para muchos aparecía amargo.

Definitivamente, el anciano vecino que podía ser mi abuelo tenía razón. A José Maceo lo llevaron contra la pared. Y no precisamente la gente contra la cual luchaba, sino el propio enemigo interno que no quiso desprenderse de un racismo pueril y le hizo mucho daño a la propia Revolución que decían defender.

viernes, 25 de junio de 2021

Generalazo

 Por: Ramón Torres


El 25 de junio de 1841 nació en la entonces Alameda de San Salvador # 67 de Santiago de Cuba José Guillermo Moncada, hijo natural de la morena libre María Dominga, del mismo apellido, ya que el padre, Narciso Veranes, no se preocupó por inscribir a los hijos, aunque admitiera ser el progenitor de la prole que continuó creciendo: María Felipa, Bárbara, Juana Polinaria y José Narciso, respectivamente.

Toda la descendencia de Dominga aprendió las primeras letras. Guillermo estudió gramática con Francisco Fernández Pozo y dominaba también algo de aritmética. Con tales rudimentos, podía al menos aspirar a carpintero, oficio común de cualquier niño negro de la época.

Despunta Guillermo cual joven serio, vigoroso e intrépido. Visita el conuco de Ña Amalia, en la esquina de Tumba Cuatro, donde se unen las calles de Reloj y Habana. Allí van los muchachos con exceso de testosterona a practicar esgrima y a quemar energías. Ña Amalia, una mujer de aspecto varonil que vive sola cultivando sus tierras, pero nadie se atreve a desafiarla porque sabe defenderse como leona. Su celebridad en el manejo del machete recorre de punta a cabo el barrio de Los Hoyos, cuya mocedad toda quiere aprender con ella. Enseña a muchos jóvenes, pero Guillermo resulta aventajado. Su brazo firme derriba adversarios y le entrega siempre la victoria, y con ella, la popularidad.

Pero no solo eso le da notoriedad. También la defensa que le prodiga a su “raza” y el orgullo de pertenecer a ella. José Guillermo decide denominar a la comparsa que organiza en Santiago “Los Brujos de Limones”, como tributo a los cimarrones que mantuvieron sitiada una finca de El Cobre, en cuya refriega, es cierto, murieron varios niños. No le importa que los españoles montaran aquella propaganda antinegra, diciendo que eran sacerdotes demoníacos. Al contrario, lo estimula saber el miedo del colonizador hacia una posible rebelión.

Le proponen dirigir la comitiva, pero rehúsa. Prefiere la función de bastonero y se aprovecha de la licencia que les dan en los días de Santa Cristina y Santiago para propinar palazos a quien prefiera. Entonces se ensaña con los soldados y oficiales del ejército español, sin que nadie pueda intervenir, porque ese día todo es permitido.

Le gusta también a Guillermo saber que un pardo achinado esté alzado en la Sierra Maestra. No lo conoce, pero se ha convertido en leyenda y es suficiente para alabar sus proezas, en especial porque viene de negro y mulata. Se llama Policarpo Pineda, aunque le dicen Rustán. Guillermo espera entablar amistad con él, mas para todo eso hay tiempo.

Tras el grito de independencia, Moncada se incorpora a las tropas de Antonio Velázquez (Monzón) y hace suyo el ataque al acueducto de Santiago y destruye varios puentes de ferrocarril en el tramo Sabanilla-Maroto, lo cual le hace acreedor del grado de cabo. El 30 de noviembre de 1868 está en primera línea durante el asalto y toma del campamento La Palma, donde lucha con tanto denuedo que el superior le concede la misión de entrenar a la tropa en el arte del machete.

Luego sí conoce bien al teniente coronel Rustán, pues pasa a formar parte de su escolta. Es precisamente Policarpo Pineda quien le da un sobrenombre magnánimo cuando lo presenta al superior, Máximo Gómez, al frente de la División de Cuba:

—Mi general, quiero presentarle al más valiente de los capitanes de nuestros regimientos: nosotros, porque es grande de cuerpo y de alma, le decimos Guillermón.

El epíteto le quedó. Y Guillermón siguió creciendo. Fue de los jefes inconformes que protestó en el Zanjón, medió diferencias entre el oficial blanco Vicente García y el mulato Antonio Maceo para enfrentar la malsana propaganda racista de que la Revolución estaba pasando a manos de los negros y, terminó la Guerra de los 10 años con el grado de general de brigada.

Guillermón fue de los que acompañó a Maceo en la Protesta de Baraguá. En la foto, cuarto de izq. a der.

Es Moncada el oficial de más alta gradación en suelo cubano cuando se produce la Guerra Chiquita, en la cual es ascendido a mayor general el 12 de diciembre de 1879, por tanto, su responsabilidad resulta indiscutible; y cuando Martí, Gómez y Maceo andan por exterior proyectando una nueva contienda, reclaman a Guillermón para que dirija las operaciones de Oriente, porque el hombre nacido aquel 25 de junio había dado pruebas de ser un Generalazo, uno de los pocos combatientes vivos, participantes en las tres guerras