viernes, 5 de noviembre de 2021

Voces haitianas en Cannes

 La coincidencia del  asesinato del presidente Jovenel Moïses en el momento del Festival de Cannes de julio 2021 donde se estrenó la película  ilustró perfectamente dicho caos.

Por : Pascale Riou

La primera película de Gessica Généus empieza en las calles de Port-Au-Prince un primero de noviembre, con  esqueletos representativos de un pasado (y de un presente) de cuyo peso la nación haitiana necesita  liberarse.

La voz de la realizadora se trasluce primero que todo en el hermoso idioma criollo haitiano (que tuvo que imponer a la fuerza a los productores ), luego en  las miradas , las dudas, las contradicciones , las ambigüedades y las esperanzas de tres féminas: Jeannette la madre, y sus dos hijas: Freda y Esther, armadas con la capacidad de resiliencia que pueden entrañar mujeres luchando y sobreviviendo  en una sociedad patriarcal, donde los hombres parecen esfumarse por ser los únicos con derecho a tener oportunidades fuera de la isla. No es casual, entonces, la figuración de un hijo vago que espera que su mamá logre reunir el dinero necesario para exiliarse en Chile.

Freda con Jeannette su madre en el filme que ha causado sensación en Cannes

Una palabra clave de la historia de estas mujeres —cuyo lugar de vida es la tiendecita callejera de Jeannette— será  ELEGIR: o sea, las elecciones que cada una hará en “el infierno” de la cotidianidad haitiana, entre tiroteos, asesinatos, manifestaciones contra el gobierno, gang, policías y militares confundiéndose en un imperio de corrupción  generalizada.                                                                        

¿Qué camino elegir en una sociedad encadenada tanto  por una descomposición endémica como por la desvalorización cultural de todo lo criollo? ¿ Qué ayuda espiritual elegir, cuando la evangelización logró difundir el miedo al infierno para contrarrestar y desprestigiar el culto vodú todavía omnipresente? ¿Qué senda tomar cuando Freda se apasiona por sus estudios y los debates en la universidad, mientras su mamá le aconseja trabajar de camarera  en un restaurante como su prima, porque le será mucho más útil que graduarse? ¿Qué elección tomará Esther entre un novio rechazado por su mamá Jeannette debido a su condición de músico, enamorado, romántico, y como agregado “rasta” y pobre , que compite con otro pretendiente de la “alta” burgesía negra, hacia el cual la empuja su madre aunque desconozca de dónde proviene tanta ostentación y que resultará un maltratador? ¿Seguirá Freda a su novio exiliado en la República Dominicana tras ser baleado en el vientre mientras dormía en su casa, o continuará ella adelante en su país natal?

Gessica Généus  y sus tres conmovedoras actrices retratan a la Madre Patria con profunda humanidad  y un propósito conscientemente político. La “costumbre” de considerarse como pueblo marginalizado e inferiorizado, asociado a  las tendencias vudú, tienden a hacer  aceptar todas las catástrofes y humillaciones  que azotan al país, cual maldiciones sin remedio: Jeannette ríe a carcajadas por la ingenuidad de su  sobrinita desesperada por haber perdido el trabajo y al que creía un novio sincero: el hijo blanco de la dueña del restaurante que, por demás, la dejó embarazada.

 

 Gessica Généus, realizadora de la película

Con la joven Freda, Généus propone abrir los ojos y enorgullecerse de la negrura de una piel y de un bello pelo crespo. Quiere hablarle a la Madre Patria en el idioma que verdaderamente entienden para develar el traumas y sacrificios.

La sociedad criolla haitiana es real, con una dimensión cultural misteriosa e identidad  propia, pero ignorada desde su independencia en 1804. Le faltó el amparo y  la preocupación interior (y exterior) necesarios para crecer y desarrollarse como nación.

Las huellas del colonialismo acarrearon la inestabilidad social, económica, política, así como la inseguridad emocional de una nación entera, que acabó considerando la multiplicación de catástrofes como una maldición, mientras que  el destino de la isla estaba entre manos humanas (las decenas de  millones donados por la solidaridad internacional para la reconstrucción después del terremoto desaparecieron, lo cual para nada tuvo que ver con oscuras fuerzas  sobrenaturales.

Las dificultades actuales son consecuencias de las elecciones y decisiones políticas; la película de Gessica Généus logra llamar la atención sobre un país que no solo puede ser visto como necesitado naciones humanitarias, en adelante le hará falta que se que se tomen decisiones y medidas respetando al pueblo, su cultura y su gente.

En julio de 2021, la  realizadora y su equipo de actores caminaron por la famosa alfombra roja del festival de Cannes de Francia derrochando alegría, sonrisas y esperanza bailando al sonido de un ritmo “afrobeat”.

 

Fuentes +Fotos :

Entrevue avec la réalisatrice Gessica Généus: dossier presse/ www.nourfilms.com

Radio24: “Loin du chaos, le film haïtien FREDA brille au Festival de Cannes”. Juillet 2021

Benjamin Dodman.

jueves, 7 de octubre de 2021

A propósito de “Bongó Itá”

 Por: Ramón Torres

La Sociedad Abakuá resultó fuente de inspiración para el documental Bongó Itá, de Mayckkel Pedrero

Asumo un criterio muy personal, porque no me considero crítico de arte ni nada que se le acerque, mas como consumidor me asiste el derecho de opinar: Bongó Itá, el reciente documental de Mayckkel Pedrero toca puntos álgidos sobre la cubanísima Sociedad Abakuá, su antecesora Ekpe y la adaptación en el Nuevo Mundo.

Durante los 70 minutos que ocupa el audiovisual, podemos acercarnos a los orígenes de esta institución de matriz africana, gracias al inteligente uso de entrevistas que intercala opiniones de estudiosos y portadores culturales, sin que pondere un criterio sobre otro.

La ritualidad es puesta al desnudo sin molestar, porque se percibe un riguroso trabajo de asesoramiento: no hay nada que divulgue más de lo que debe, no hay violación del espacio sagrado, no hay descripciones cripticas acerca de la liturgia.

Sin embargo, se resiente el documental en los minutos finales. Ahí sí recargó Pedrero su leitmotiv: mostrar una excesiva violencia en torno al tema que le ocupa. Es corto el tiempo, pero pletórico de imágenes: peces peleadores que luchan hasta la muerte, perros belicosos, mujer que cuchillo en mano trata de apuñalar a un hombre, pequeños que se fajan…

Todo lo anterior alterna con criterios de prestigiosos líderes religiosos (ahí están Ernesto Soto/el Zambo, Rolando Hernández/Boniato, Pedrito Alberto Suárez/el Yuma), quienes se esfuerzan por aclarar lo inadecuado que resulta para las actividades abakuá portar armas de fuego, navajas o considerar los plantes un ring de boxeo, pero lo que el receptor recibe es precisamente lo contrario.

Durante su intervención promocional en el espacio Secuencia del Canal Habana, Mayckkel aseguraba que nunca se ha escrito nada favorable hacia la institución, lo cual nos parece inexacto y pretencioso. Hay textos de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Tato Quiñones, Ivor Miller, y otros audiovisuales a cargo de Pedro Maitín Tejera, Aymeé María Borroto, Miguel Ángel García Velasco que demandan el merecido lugar para esta cultura.

Si el producto pretendía —como supongo— contribuir al conocimiento de esta hermandad religioso-mutualista que tanto ha influido en la identidad nacional y mostrar sus elementos positivos, ha logrado —eso sí— perpetuar el criterio negativo que tradicionalmente ha ponderado sobre la entidad: marginal, violenta y predispuesta a delinquir.

Quizás muchos pasen por alto ese final inesperado; sin embargo, lo sutil hace la diferencia. Bongó Itá no creo que sea el documental reivindicativo que esperan los portadores culturales; pues, en definitiva, sigue dándonos más de lo mismo: la descomunal marginalidad e inclinación al crimen atribuidas a la Sociedad Abakuá desde el siglo XIX.

viernes, 1 de octubre de 2021

El respeto a los mayores

 Por: Ramón Torres

Los ancianos dueños de la palabra son muy respetados en África

Atendiendo a que cada primero de octubre se celebra el Día Internacional del Adulto Mayor, considero importante referirme al tratamiento que reciben los mayores en las culturas tradicionales del África Subsahariana, con diferencia significativa de cuanto ocurre en el mundo occidental “civilizado”, cuyo enclaustramiento o agitada cotidianidad suele pasar por alto.

Sucede que en África los principales depositarios de la cultura suelen ser personas de edad avanzada, quienes cumplen una trascendental función dentro del sacerdocio religioso y conservan la sabiduría de cada aldea, independientemente del sexo.

Según la doctora Mirta Fernández (2012, 34), un proverbio fulbé reza: “Cada vez que un anciano muere, es una biblioteca que se quema”, lo cual explica el efecto por la pérdida de un adulto mayor, considerado literalmente “reservorio de conocimientos”.

En Cuba, la herencia religiosa de matriz africana preserva una obediencia a los adultos mayores, y en casi todos los complejos religiosos venidos de aquel continente trasatlántico recae en la ancianidad el peso de la liturgia, incluso del comportamiento de los ahijados fuera de la actividad ritual.

De tal suerte, la transmisión dentro del Complejo Ocha/Ifá, la Regla Mayombe o Palomonte y la Sociedad Abakuá, entre otras, se lleva a cabo de maestro a discípulo, donde lo común es que el “mayor” enseñe y dé pautas de vida al recién iniciado.

Ancianas respetadísimas en la santería fueron las iyalochas Fermina Gómez (Ocha Bi), Ma Monserrate González (Oba Tero),  Ña Rosalía Abreu (Efushe), Calixta Morales (Oddedeí), así como acreditados babalochas o babalawos Bernabé Menocal (Bàbá Éjìogbè, Ifábi Mayesi Òrúnmìlà) Miguel Febles Padrón (Awo Òrúnmìlà Òdí Ìká, Ifátolá) o Taita Gaitán (Obba di Meyi), por citar algunos.

Se trata de una manera de ejercer la hegemonía adultocéntrica, si bien en ocasiones se revierte esa preeminencia hacia lo simbólico: es decir, un miembro puede ser “mayor” porque tiene más años de iniciación que otro, aunque el último le doble la edad (ocurre igual en todas las expresiones de matriz africana).

La etnóloga Lydia Cabrera (vestida de blanco) se valió de muchos testimoniantes "mayores" para legitimar su información

Sin embargo, los “viejos” son generalmente respetados y recibidas sus opiniones en muy alta estima, pues Cuba le adeuda a África una poderosa herencia donde, a decir de la doctora Fernández (ob. cit., 27) “Las tradiciones orales abarcan todos los aspectos de la vida: conocimiento de la naturaleza, de los oficios, reglas que rigen la comunidad, religión, historia, literatura, diversiones; en resumen, podemos considerar que son la cultura misma en su más amplia acepción” y, como es natural, lo anterior solo se logra habiendo vivido lo suficiente, se gana a partir de la experiencia acumulada con los años.

La investigadora Lydia Cabrera legitimó la mayor parte de su obra porque los testimonios venían de ancianos prestigiosos, mientras que cuanto dijera Enriquito Hernández Armenteros (el de la Hata, en Guanabacoa) era considerado por sus ahijados verdad de Perogrullo, pues a sus 99 años se le consideraba toda una autoridad en materia santera, palera y abakuá.

Enriquito (al centro, sentado), toda una autoridad en materia religiosa (Foto de Roberto Chile)

De hecho, la antigüedad permite ejercer un control que posibilita dosificar la comunicación. Así, quien detenta el poder adultocéntrico decide qué información va o no a socializar, cómo y cuándo.

No por gusto el etnólogo Rogelio Martínez Furé (1979, 160) recogía en sus Diálogos imaginarios el criterio de una generación nacida en Cuba, pero descendiente de africanos, quienes se vieron forzados a “soportar” el criterio de sus antecesores, aunque no compartieran muchas de sus prohibiciones:

“Es proverbial la reserva de los africanos en asuntos religiosos para con sus hijos criollos. Todos los informantes hijos de ‘negros de nación’ se lamentan de no haber aprendido más sobre los cultos de sus antepasados, porque ‘los mayores’ les prohibían participar en ellos, ya que consideraban que los criollos eran poco serios y no respetaban nada”.

Por lo visto, la obediencia a la ancianidad estaba garantizada en las culturas de origen africano, algo que permeaba hacia el interior de cualquier núcleo familiar sin importar o no el nivel de instrucción alcanzado; una linda tradición que se va debilitando y merece ser revitalizada como parte de los valores morales que, en materia de humanidad, reconocen el papel de aquellos que si bien peinan canas, pueden seguir siendo útiles en una sociedad, por muy moderna que se nos parezca.

Fuentes:

Fernández, Mirta. A la sombra del árbol tutelar. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 2012.

Fernández, Mirta y Valentina Porra. El ashé está en Cuba. Ed. Cubanas y Aurelia Internacional SA. La Habana, 2016.

Martínez Furé, Rogelio. Diálogos imaginarios. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1979.

viernes, 24 de septiembre de 2021

El club de Atenas: sociedad de negros “finos”

Por: Ramón Torres

Primera directiva del Club Atenas (1917-1918)

El 25 de septiembre de 1917 se fundaba en la habanera calle de San Miguel, número 119 (altos), el Club Atenas, una de las instituciones más polémicas e interesantes de la etapa republicana cubana, pues la integraban 88 socios, negros y mulatos, en su mayoría empleados públicos, aunque también pertenecieron abogados, médicos, dentistas, ingenieros, profesores de música, periodistas y de otras profesiones, todos miembros de una pequeña y mediana burguesía negra.

Con el tiempo todavía ingresarían otros intelectuales, militares de graduación y personas de mayor posición económica.

Días antes, específicamente el 21 de septiembre, se había creado en la calle Escobar Nº 78 una Junta General con sus socios fundadores en el domicilio del industrial General Lauzá.

No era esta la única sociedad negra creada como respuesta a la discriminación ejercida por sus homólogas blancas que les negaban su acceso. Desde finales del siglo XIX, otras agrupaciones se empezaron a nuclear alrededor del prestigioso patriota Juan Gualberto Gómez, en lo que llamó Directorio de Sociedades Negras.

Juan Gualberto Gómez, Presidente de Honor

Como entidad asociativa de matiz ideológico, el Club Atenas abogaba por los principales intereses de los cubanos negros y mulatos, dentro de una sociedad jerarquizada por el color de la piel. Sin embargo, le caracterizaba su elitismo, donde “32% de sus integrantes eran profesionales, 26% empleados públicos, 19% industriales, comerciantes y propietarios, y 10% estudiantes comerciantes, industriales y propietarios”. (Barcia, 2005, 133-134).

Lo anterior permite explicar que, pese a los indiscutibles logros y valores, el Club Atenas fue al mismo tiempo un gremio clasista, el más exclusivo y aristocrático de su tipo para la “raza” negra, aunque a ella pertenecieron seleccionadas figuras de piel blanca como Don Fernando Ortiz.

Desde el siglo XIX estos negros “finos” se apartaban de sus congéneres no solo por los ingresos que percibían, sino incluso por el matiz de la piel. Al respecto, dice la doctora María del Carmen Barcia:

“Muchos mulatos —medio blancos, medio negros—, deseaban tener sociedades exclusivamente para ellos, algunas se limitaban a acoger ‘solamente pardos’, otras a ‘pardos escogidos’ cuestión que evidenciaba su carácter elitista” (ob. ct., 120).

Dentro de la misma ciudad, tampoco era igual pertenecer a la Unión Fraternal, que a la Sociedad de Asaltos Jóvenes del Vals, cuya pretendida “exquisitez” le llevaba a admitir solo cincuenta miembros. Pero sin dudas, el Club Atenas fue el más sonado por su jerarquización y la selección estricta de su membresía, pero no siempre se ha investigado ese aspecto con el rigor necesario, por lo mismo que señalaba Barcia:

“En líneas generales los que han trabajado el tema de la negritud, interesados en demostrar tesis preconcebidas, aglutinan a todos los negros y mestizos en un solo grupo, sin establecer las diferencias entre capas, grupos y sectores, que evidentemente existieron; estos presuponen que el rechazo a las costumbres tradicionales, provenientes de las tribus africanas, tuvo su punto de partida en una impugnación proyectada esencialmente por los blancos, en tantos los negros resultaban defensores de esa identidad (…)” (Barcia, 2005, 141-142).

De hecho, fueron estas sociedades de negros “finos” las que más arremetieron contra sus iguales, como si con ello pudiera evidenciarse la diferencia y su condición “civilizada” respecto de sus propios padres y abuelos venidos de África. No es de extrañar que el presidente Gerardo Machado, durante su campaña en 1925, les concediera el solar número cinco de la manzana 22, en los terrenos de la antigua Muralla, con el fin de que se construyera un edificio adecuado para el domicilio del Atenas y le asignó, además, la suma de cincuenta mil pesos para su construcción.

Fascimil de la cubierta de la revista Atenas en 1931

De cualquier manera, esta agrupación —como muchas otras de negros— merece ser recordada por su impacto en la lucha contra el racismo y su reorganización en pos del prestigio y reconocimiento social del sector.

Tras el triunfo revolucionario el 1º. de enero de 1959, las sociedades de este tipo fueron languideciendo, pues se suponía que la causa esencial de su surgimiento había desaparecido. Sin embargo, la realidad ha demostrado que ni leyes ni derogaciones lograron extirpar el mal.

Con nuevos ropajes, la discriminación emerge, y en respuesta aparecieron grupos que demandan las reivindicaciones soñadas: el proyecto Color cubano, la Comisión Aponte o la Cofradía de la negritud son solo tres ejemplos que devienen tribuna donde los afrodecendientes reclaman el derecho a una igualdad real.

 

Fuentes:

Barcia, María del Carmen. Capas populares y modernidad en Cuba (1878-1930). Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 2005.

Fernández, Alejandro. Páginas en conflicto: debate racial en la prensa cubana (1912-1930). Ed. UH. La Habana, 2014.

Martínez Furé, Rogelio. Diálogos imaginarios. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 2016.

García, Denia (coordinadora). Presencia negra en la cultura cubana. Ed. Sensemayá. La Habana, 2015.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Timbalaye: generación y conciencia

Por: Ramón Torres/ Fotos: Cortesía Revista Timbalaye


La XIII edición del Festival Internacional Timbalaye “La Ruta de la Rumba” en Cuba ha traído replanteamientos y adecuaciones este 2021, y pese a limitaciones devenidas de la Covid’19 puede afirmarse que el género goza de una salud envidiable.

El propio eslogan “Conciencia de mis orígenes”, dice mucho del esfuerzo reivindicativo de una expresión músico-danzaria que en sus inicios resultó vilipendiada, maltratada y excluida por no pocos “puristas” que la consideraban producción de mala fama, sobre todo debido a su oriundez fundamentalmente negra.

La rumba, nacida en Cuba durante el siglo XIX, fue declarada por Unesco en noviembre de 2016 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero todavía hay quienes miran con recelo el género, debido a su sabor a tabaco, ron y solar.

De cualquier modo, el empeño del Comité Gestor ha sido recompensado: Timbalaye compartió entre el 14 y el 17 de septiembre experiencias inolvidables, algunas inéditas, que demuestran el crecimiento de la iniciativa.

Según Ulises Mora, director general y artístico del encuentro, “el objetivo de la agenda Timbalaye 2021 era crear conciencia a partir de los orígenes, con el fin de contribuir a preservar y desarrollar los patrimonios vivos para reforzar la identidad cultural y mejorar la trasmisión del valor de las expresiones de la cultura popular”.

Irma Castillo y Ulises Mora, directora artística y presidente de Timbalaye

Y mucho se ha logrado. Numerosas entidades culturales hicieron suyo el llamamiento y contribuyeron a visibilizar y divulgar el encuentro, no solo antes de su inauguración, sino durante los días de sesión.

Así mismo, las féminas cultivadoras del género defendieron con rigor inusitado ritmos y danzas rumbeadas, de lo cual se reafirmó aquella sentencia ya popular de que “Las mujeres sí cantan rumba”. Cantan y tocan, porque ahí están representantes como Obiní Batá, cuya elaborada manera de decir y hacer está despertando la admiración de muchos hombres que hasta ayer las miraban con sospecha.

Si bien no se pudo realizar este año el siempre esperado encuentro presencial, los organizadores redirigieron el programa hacia conciertos, presentaciones en vivo y sesiones teóricas que se pudieron seguir, fundamentalmente, por las redes sociales y los canales de la televisión cubana.

El saldo, aunque recolocado y contextualizado a las dinámicas que exige la actual situación epidemiológica, puede catalogarse de positivo. Por lo pronto, queda demostrado que Timbalaye se regenera y se muestra resiliente, porque llegó para quedarse.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Santos por imposición

 Por: Ramón Torres/ Fotos: Cuadros del pintor Hugo Curet

¿Ochún o la Caridad del Cobre?

Se ha dicho y repetido hasta el convencimiento, que las personas esclavizadas traídas desde África homologaron muchas de sus deidades a figuras del santoral católico, tras lo cual devino un híbrido que con el tiempo dio origen a religiones autóctonas en las Américas, aunque mantuvieron los elementos esenciales de sus matrices subsaharianas.

Esto, en parte, tiene aspectos verídicos, pero admitirlo acríticamente sería como si patentizaramos que los africanos aceptaron pasivamente la imposición católica, “superior”, y que tenían los negros muy poco que aportar. Sin embargo, ese proceso de sincretización, además de ser discutible, también lleva mucho de imposición.

En los años de 1750 fue nombrado obispo de La Habana el padre Morell de Santa Cruz, quien al llegar a esta ciudad dijo haber encontrado a los “morenos” en “tan excesivo tropel de sus negocios e impertinencias” que mandó a instruirlos en la doctrina cristiana y a supervisar sus actividades.

La acción de Morell fue rápida y en cierta medida eficaz —argumenta la doctora María del Carmen Barcia—; se dedicó a presentarse en los cabildos y a dejar en cada uno de éstos la efigie de la virgen, incitando a los cofrades para que continuasen el culto en que se les había iniciado.

¿Yemayá o la Virgen de Regla?

Indiscutiblemente, las acciones del padre Morell de Santa Cruz constituían una sutil forma de dominación, pues para perfeccionar la acción insistió en la necesidad de que los párrocos aprendiesen las lenguas africanas.

De todas formas deben tenerse en cuenta las acciones desplegadas por Morell —continúa la historiadora Barcia—, quien no se limitó a ubicar una imagen de la virgen en cada cabildo, sino que también adjudicó a cada uno de esos respectivas titulaciones católicas (…)

Tampoco debe pasarse por alto que muchas casas de cabildos, desde su fundación, estaban ubicadas en las cercanías de los templos católicos, que esta forma de religiosidad era la hegemónica, y por tanto la respaldada y promovida por el poder político, así como que debieron ejercer una marcada influencia sobre las sociedades de los africanos.

Esta forma de control-sincretismo-jerarquización se filtró pronto por las diversas organizaciones acriolladas que iban apareciendo: academias de baile, gremios, sociedades, etc., de lo cual derivó la asignación de un santo tutelar católico en la mayoría de las casas-templos, independientemente de su procedencia étnica: bantú, arará, yoruba, o en cada uno de los juegos abakuá.

También se exigió que africanos y descendientes fueran bautizados a la usanza católica, lo que con el transcurso del tiempo colocó el sacramento por parte de la iglesia en una actividad precedente a la iniciación en la mayoría de las religiones de origen africano.

Cualquiera de los ejemplos anteriores evidencia un soberano ejercicio de la hegemonía eclesiástica, cuyo discurso parece homogeneizarse, pero que en realidad apuntaba hacia la imposición ideológica de proyección judeocristiana, que influyó poderosamente en el inconsciente colectivo sobre las llamadas “culturas paganas”, que debieron aceptar los dictados del catolicismo “protector” y “civilizado”.

¿San Lázaro o Babalú Ayé?

No debe extrañar, entonces, que en la cubanísima Trinidad descuelle un Cabildo de los Congos Reales de San Antonio, que una legítima iyalocha coronada con Ochún reclame orgullosamente ser hija de la “Santísima” Caridad del Cobre o que la más antigua potencia abakuá existente hoy día, Efori Nkomó, tenga como patrona a la Virgen de las Mercedes.

Aunque hablamos ya de una tradición respetada y aceptada, también es bueno reconocer que cada grupo étnico entró a Cuba en condiciones de subalternidad, con sus propias prácticas, ancestros y divinidades, pero sin otra alternativa que incorporar aquel ejercicio de la hegemonía. De resultas, podemos hablar entonces de unos “santos por imposición”.

Fuentes:

Barcia, María del Carmen. Capas populares y modernidad en Cuba (1878-1930). Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 2009.

------ Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 2009.

Bolívar, Natalia y otros. Santa Bárbara Changó, ¿sincretismo religioso? Ed. José Martí. La Habana, 2016.

Torres, Ramón. Abakuá: del mito al imaginario. Ed. Abril. La Habana, 2019.