Por:
Ramón Torres
Cualquier objeto puede cobrar vida en muchas religiones. Por eso "hablan" los tambores y las hierbas sanan (Foto: Isabela Arazandi).
Con
la publicación del presente texto, no pretendemos “debilitar” la fe de los
creyentes, ni “suprimir” ninguna de las enseñanzas que —indiscutiblemente—
contiene la herencia religiosa de antecedentes esencialmente africano; sino,
esforzarnos en explicar su génesis, función y desarrollo, como parte de un
proceso dialéctico, en constante cambio, adaptación y “rehacer”, incluso en
nuestros días. Tampoco proyectamos “disminuir” el sentimiento de los fieles, ni
“conspirar” contra sus prácticas; mucho menos calificar de “inmaduras” sus
expresiones, sino estudiar, comparar, verificar los disímiles puntos de
contacto entre la heredad religiosa de antecedente bantú, yoruba y carabalí,
incluso otras, por su impacto en la Isla y la importancia de su conocimiento
para la defensa de nuestra identidad.
Y un
argumento que persigue resumir los componentes afines de estas prácticas
culturales, no puede menos que invocar al ánima,
que aprovecha los más recónditos elementos de la naturaleza para alimentarlos
ilusoriamente atribuyéndoles “alma”, influjo, espíritu…, divinizándolos o,
visto de mejor manera, humanizándolos. Usamos el término a sabiendas de que
estas palabras pueden estar cargadas de contradicciones, como representación
concreta de un momento dado de la realidad.
Huelga
hacer notar que el animismo es completado con la magia y viceversa, pues ambas
forman el núcleo inicial de la religión, aderezándola con maniobras y palabras
mágicas, donde las oraciones son una prueba de ello. Lo confirma así Ambrogio
Donini en su Historia de las religiones:
Todo culto incluye acciones de carácter mágico, por
ejemplo, todas las plegarias desde las religiones primitivas hasta las actuales
constituyen esencialmente un procedimiento de presión del mundo externo con
normas de técnica ingenua e ilusoria (1963:33).
Sin
embargo, las pretendidas religiones “desarrolladas” y opresoras (y no pocos
presumidos cientistas enquistados) suelen “convertir” a las creencias vencidas
en ritos mágicos, cual prácticas de hechicería, demoníacas y primitivas,
olvidando que la magia no es privativa de los pueblos “atrasados”. Las
religiones universales del presente se valen por igual de la magia, aunque con
nuevas vestiduras; la han ejercido y desarrollado por igual melanesios,
asiáticos, amerindios, europeos y africanos, solo que cada uno la reacomoda a
su contexto, lo cual “desde afuera” puede provocar extrañeza al otro.
Se recurre a ella [la
magia] únicamente en aquellas esferas de actividad en que el éxito depende
sustancialmente de factores casuales y el hombre no puede confiar por completo
en sus propias fuerzas. En la agricultura, por ejemplo, se utiliza en ocasión
del sembrado de plantas como el taro
y el ñame, cuya consecuencia es muy variable, pero no en fruticultura, que
proporciona resultados estables. Se practican artes mágicas en la pesca de
tiburones y otras especies marinas peligrosas para el hombre, pero se prescinde
de ellas para la captura de peces pequeños, que no implica riesgos. La
construcción de embarcaciones va siempre acompañada de una ceremonia mágica,
pero este no es el caso para la construcción de viviendas. En el tallado de
maderas duras, que requiere maestría por parte del artesano, se considera
indispensable el recurso a sortilegios, pero cuando se trata de maderas
corrientes, se pasan sin ellos. Todo esto confirma una vez más que la magia
surge allí donde el hombre desconfía de sus fuerzas, cuando se siente dominado
por los elementos de la naturaleza o cuando atribuye a otro individuo
capacidades que él mismo no posee (Tókarev, 1990, 38).
Hacemos
notar lo anterior, porque con mucha frecuencia se le ha atribuido una
“primitividad” visceral a la concepciones animistas y sus derivadas, olvidando
que el sustrato de esta solo es posible cuando la ideología se corresponde con
relaciones económicas ya complejas, muy alejadas para entonces de lo que
conocemos como “horda primitiva”. Pero, además, el animismo está presente en
todas las religiones, incluso aquellas etiquetadas hace mucho tiempo de
“civilizadas”. Sin embargo, la producción simbólica estimulada desde el poder
se ha encargado de mostrar la cara menos favorecida de los pueblos llamados
“periféricos”, marginando sus culturas y tratando de “adecentarlas”.
Pese
al discurso discriminatorio, Cuba se hibridó, e igual que en muchas áreas de
Latinoamérica, también mezcló culturas y cristalizó una religiosidad sui géneris, donde cualquier creyente
puede clasificar como “sospechosamente raro” al explicar de manera sorprendente
el desarrollo evolutivo de la materia y la teoría de las especies a través de
la selección natural, del mismo modo que no es difícil encontrar a un
convencido materialista altamente “sospechoso” en su raro afán de colocarle
tabaco, café y otras “asistencias” a sus muertos.
Las máscaras pueden representar a un ancestro, porque tienen ánima.
La
religiosidad cubana, caribeña y latinoamericana se nos antoja “sospechosa”,
reiteramos, por la naturaleza híbrida de nuestras naciones, de tal suerte que
desde hace mucho se habla de una región mestiza culturalmente, y no de blancos
y negros y amarillos; ni de europeos ni africanos ni chinos...
Y en
ese “ajiaco”, la intimidad ecuménica es más que un término, que bien pudiera
entenderse si convergemos en que existen analogías evidentes, semejanzas y
caracteres comunes, donde se toman prestados elementos de un lado a otro.
En
Cuba, dentro de la Regla de Palo Monte, por ejemplo, a la variante de Mayombe,
si bien bastante tradicional, le resulta imposible sustraerse —por imposición
histórica o por asimilación espontánea— de incorporar en sus prácticas
elementos del mundo occidental, sobre todo del catolicismo; de igual modo que
se enriquece de otras religiones de origen africano y del país receptor. En el
caso de la Briyumba (otra manifestación del Palo), es mucho más evidente la
influencia de la Ocha y el Espiritismo; mientras que la Quimbisa clasifica como
un híbrido de todas las corrientes conocidas por su creador, Andrés Petit.
El
complejo Ocha-Ifá no es menos, por lo que también puede apreciarse la profunda
huella católica, sobre todo en su propia denominación de “santería” para
designar indistintamente el culto a los orichas y el sincretismo derivado de
atributos o funciones que les son afines con determinadas figuras del santoral
católico, apostólico y romano.
La
introducción en abakuá, por su parte, de una serie de elementos propios de
culturas tan diferentes, como formas mixtas de lucumí, congo, y prácticas
espiritistas, u objetos en el altar de manera ecléctica, constituye igualmente
una muestra de cómo todas estas prácticas culturales se han ido reconfigurando,
lo cual les ha permitido la subsistencia en un entorno ajeno y diferente a las
tierras que les dieron origen.
Todo
ello es posible porque pondera el ánima,
que se da en Cuba de forma múltiple, donde se hibridan culturas, costumbres,
tradiciones de diferentes puntos. El ánima
cubana tiene aché, un término que, si
bien es de origen yoruba, ha trascendido en la Isla a cualquiera de las
variantes de matriz africana, incluso al lenguaje popular. El aché es en
nuestra ínsula lo que el mana para los melanesios: una misteriosa fuerza
impersonal y sobrenatural que resulta de algunas categorías de espíritus o de
personas.
Los melanesios consideran que la mana —poder multifacético por su significado y por las direcciones
en que actúa, pudiendo obrar por bien y por mal— es inmanente a quienes
triunfan en la vida. Si un hombre se ha encumbrado en la jerarquía de una
sociedad secreta, si se ha erigido en jefe, se ha granjeado reputación de
intrépido guerrero o de hábil artesano, o si obtiene buenas cosechas, quiere
decir que posee mucha mana (Tókarev,
1990, 39).
El
aché es igualmente hado, suerte, fortuna, y también una manera de invocar el
ánima. La definición que nos dejan Mirta Fernández y Valentina Porra, no puede
ser más ilustrativa:
Esta religión concibe un universo donde no existen
barreras entre lo sobrenatural, lo humano, lo animal y lo vegetal, e, incluso,
con objetos o materias inanimados de origen mineral. Los límites del “Yo”
pueden suprimirse gracias al ashé, poder o energía de que están dotadas todas
las cosas, que puede ser transferido algo por una deidad al identificarse bajo
una forma concreta. En esto reside el ashé del “fundamento” contenido en las
soperas de los orisha que poseen los santeros, en las que las piedras y las
herramientas son la representación anicónica de los dioses. De igual modo, una
persona recibe el ashé directo al ser “cabalgada” o “poseída” por un orisha
(2016, 139).
Este
aché sirve, del mismo modo, para apuntalar la adoración a determinados jerarcas
en el contexto africano, como expresión de la movilidad social. De hecho, el
llamado Continente Negro es fuente de cristalización y coexistencia de diversos
momentos sociohistóricos que se reflejan en su religiosidad. Hoy muchos
africanistas les han seguido la pista al culto de los orichas, y la mayoría
coincide en la existencia real de estos como personas divinizadas: a Obatalá se
le atribuye el primer sacerdocio y los secretos de orí (cabeza); se dice que
Odudúa era el primogénito de Ekaladerhan y descendiente de los fundadores de
Ilé-Ifé, quienes abandonaron Egipto hacia 750 a.n.e.; mientras Changó está
ubicado entre los historiadores africanos como cuarto alafin (rey) de Oyó.
En
otros casos, si bien no resulta tan evidente el recorrido de un humano
específico por la tierra, sí abundan detalles aportados sobre todo por
emisarios europeos que dan cuenta de figuras importantes en la religiosidad de
algunas zonas. Ejemplo de ello podrían ser, en el caso de la Sociedad Abakuá,
cuyas plazas (jerarquías) coinciden a menudo con personajes o cargos que
ocupaban lugares preeminentes en el Calabar (Iyamba, Emboko, Mosongo, Embákara,
etc.).
Entre las formas de religión características de los
pueblos de África figura (...) el culto a
los jefes (o reyes) sagrados, que corresponde al nivel de desarrollo social
en que se encontraban muchos pueblos de esta parte del mundo, con la
correspondiente aparición de una primitiva estructura de clases.
Dicho culto presenta en África muy diversas
modalidades: los jefes ejercen funciones sacerdotales o de hechicero; se les
atribuye poder sobrenatural y se le hace objeto de adoración; se practica el
culto a los muertos. A grandes rasgos, cabe distinguir dos fases de evolución
del culto en consonancia con los diferentes peldaños de transición de la
estructura comunitaria a la sociedad dividida en clases: en la primera etapa,
el jefe actúa como cargo público de la comunidad y se responsabiliza del
bienestar de la misma, poniendo al servicio de este objetivo sus cualidades
“sobrenaturales”; en la segunda, deja de ser responsable para convertirse en
déspota, y su deificación es ya tan sólo un instrumento para reforzar el poder
y glorificar su persona (Tókarev, 1990, 85)
Definitivamente,
el ánima alimenta la magia y toma cuerpo en la religiosidad a través de
múltiples vías: ya sea en forma de animal, planta, objeto o de un humano
divinizado, sin que ello implique ir de menos a más ni de más a menos. La idea
del alma funciona incluso en cualquier expresión de las consideradas
universales, solo que su “ropaje” las disfraza de un cuerpo “civilizado”. Se
trata, entonces, de un soberano ejercicio de hegemonía.
Fuentes:
Ciencia y Religión. Selección de Artículos. Ed. Política, La Habana, 1981.
Donini,
Ambrogio. Historia de las religiones.
Ed. Futuro, Buenos Aires, 1963.
Eliade,
Mircea. Tratado de historia de las
religiones. Ed. Era, México, 1979.
Fernández,
Mirta y Valentina Porras. (2016). El ashé
está en Cuba. La Habana, Ed. Cubanas.
Fuentes
Guerra, Jesús. La Regla de Palo Monte, un acercamiento a la bantuidad cubana. Ed.
Unión, 2012.
Tókarev,
Serguei. Historia de la religión. Ed.
Progreso. Biblioteca del estudiante, Moscú, 1990.